Unir pasado y presente fue el principal desafío de este trabajo. La respuesta para llevarlo a cabo surgió a partir de una decisión estética muy concreta: «ensuciarlo todo».
Desde ese punto de partida, imágenes de archivo, tomas generadas, textos y elementos gráficos comenzaron a convivir dentro de un mismo universo visual, donde la distorsión, la deformación y las texturas actuaron como un nexo entre ambos tiempos.
Cada recurso fue utilizado para reforzar una identidad visual coherente, capaz de integrar materiales de distintas procedencias sin perder fuerza ni unidad.
El resultado fue una pieza donde las diferencias entre unos materiales y otros dejaron de ser una limitación para convertirse en parte del propio lenguaje visual, construyendo una narrativa con identidad, ritmo y carácter.









